Hubo un tiempo en el que el techno-dub era lo mejor que te podía pasar en la vida: el de los discos de Chain Reaction en caja de metal que, con el tiempo, ha ido oxidándose y dejando por la estantería un feo hollín como herida de guerra; el de las noches tirado en el sillón de la leonera de post-adolescente, con los cascos apretando las orejas y Maurizio retumbando en un éxtasis líquido de ecos infinitos y bombos amortiguados, como si alguien los hubiera sumergido en aguas profundas de alguno de los dos océanos polares; el de las sesiones de Ángel Molina –ya fuera para radio o para club, como aquel Electric Café en el CCCB de Barcelona– en las que sólo pinchaba material de Basic Channel y similares –por similares se entiende algún Studio 1 de Mike Ink– y salía uno levitando, como si alguien te hubiera apretado el brazo con una goma para inyectarte caballo en la vena. Toda la escuela del dub mezclado con techno a la alemana, un linaje que arranca con Moritz Von Oswald y Mark Ernestus y que concluye en su primera etapa con la defunción del sello Chain Reaction –una década larga: de 1992, año del primer maxi de Maurizio, hasta 2003, edición del testimonial Morpheus de Hallucinator– ha pasado a la historia de la música electrónica con la vitola de edad dorada, no sólo porque nació un género absorbente y atemporal, sino porque dejó para el recuerdo una colección de obras mayores que aun todavía no se citan sin, previamente, ponerse en pie, con el sombrero en la mano y la mano en el pecho. Un respeto.

Las nueve referencias del sello Basic Channel y las ocho de Maurizio. El despertar de nombres a los que todavía hoy cuesta mirar a los ojos como Monolake, Substance & Vainqueur o Vladislav Delay. Sobre todo, el más grande álbum de toda la escuela techno-dub, hoy injustamente olvidado, aquel Biokinetics que sí era de verdad un tsunami –y no Karmele, la embalsamada– de bajos rugientes, ruido de mar embravecido y dinámica rítmica entre rave e industrial firmado por Porter Ricks (Chain Reaction, 1996) y que siempre recuerdo, quizá porque salieron al mismo tiempo, como la réplica europea a la mitología submarina y la distopia futurista del The quest de Drexciya que editó Submerge. Aquellos discos marcaron una época y le dieron sentido a una idea de underground que, por entonces, tenía más sentido que ahora: sin comunicación viral vía internet, sin radio que apoyara, con una distribución irregular en las tiendas de discos, lo que solía escuchar la gente –incluso gente entendida– estaba más cerca del Smack my bitch up de The Prodigy que de esta abstracción atmosférica de Detroit con el latido de los fantasmas de Jamaica. Cuando se entraba por primera vez en el techno-dub era como franquear las puertas de una sociedad secreta, se tenía la sensación de haber sido elegido, de que te hubieran revelado la verdad última de la existencia; eras, en el fondo, un privilegiado al que se le mostraba la luz mientras el resto, ahí fuera, seguía a oscuras. Nadie lo ha dicho mejor que Enrique: casi una experiencia religiosa.

Durante un tiempo, techno-dub era sinónimo de Hardwax –la tienda en Berlín regentada por Mark Ernestus– y de los satélites de la saga Basic Channel / Maurizio / Rhythm & Sound, y quizá esa llama prendió muy rápido, y los que vinieron a retomar su sonido lo hicieron con demasiada reverencia, y acabó apagándose allá por el año 2000, que era cuando apenas salía material de pulsión dub y frialdad techno, así como un diseño de texturas envolvente y a presión que pudiera resistirle un miserable asalto a sus patrones de referencia. Increíble, pero tan cierto como que el gag de El señor de los anillos de Cruz y Raya es descojonante: el techno-dub se esfumó y de underground de resistencia pasó a ser underground residual, el rescoldo de la hoguera, un recuerdo de una época de gloria ya pasada, sólo atizado de vez en cuando a la que aparecía algún buen maxi de Rhythm and Sound –pero Von Oswald y Ernestus ya pasaban del techno, y sólo les interesaba el reggae–, o el álbum de turno de Vladislav Delay, que por entonces era más prolífico que un parto de coneja de campo. Al poco tiempo, un primo lejano de aquellas inclinaciones deep, y al que hemos conocido bajo el nombre de “minimal”, tomó el relevo, emprendiendo su particular edad dorada. Y la vida siguió su curso.

Queremos decir con esto que hubo un momento en que cualquier intento de prolongar el libro de estilo de Basic Channel parecía estéril. El techno-dub, o el dub magnetizado por envolturas electrizantes de ambient crujiente, malvivía o tenía que pasar por otra cosa. Por ejemplo, le sirvió para tomar aire y esconderse entre las fuerzas ocupadas con el disfraz, bastante más fumado y etéreo, que puso de moda Pole a raíz de su 1 (Kiff SM, 98) y que tuvo continuidad con los dos siguientes episodios de su trilogía y con las primeras referencias de su sello ~scape, pero ~scape era otra cosa en realidad, era dub digital para ciudades grises y de arquitectura rectangular como el Berlín en construcción y, quizá, para el Detroit en decadencia o cualquier pueblo canadiense sepultado por la nieve. En el fondo, una escena lateral, pero apartada –con grandes nombres como Bus o Jan Jelinek– que servía para teorizar sobre un dub continuum a la alemana, pero sin el aliento nervioso, marcial del techno. Y nadie parecía esperar una resurrección del techno-dub porque, de suceder eso, no entendemos muy bien por qué pero lo sabíamos, tenía que ser a través de sus actores protagonistas, los clásicos. Pero Ernestus y Von Oswald mantenían su hermética clausura y su silencio sepulcral, Porter Ricks se habían separado, Scion –o sea, Vainqueur y Substance– no hacían nada, Vladislav Delay con lo que se ganaba la vida era grabando discos house como Luomo y el dúo Monolake se separaba porque Gehrard Behles quería centrarse en una nueva empresa de software musical llamada Ableton.

Este final de ciclo –mucho más real que ese que Frédéric Hermel
hace semanas que le viene profetizando al Barça– dolió. No puedo hablar por todo el mundo, lógicamente, pero en aquel momento lo sentí como un dolor profundo y casi universal, como si no fuera posible que algo que había nacido con tanta fuerza pudiera, de repente, vaciarse por completo. Porque los que tomaron el testigo del techno profundo –Sutekh, Kit Clayton– eran otra cosa, otra escuela más digital que orgánica a pesar de tener el dub por ahí botando, germen de la posterior explosión minimal, que más que minimal fue micro, pero eso es otro cantar. Y, de repetente, el techno-dub volvió.

Matiz: ¿volvió o no se había ido? Primordia, el primer disco importante de Deadbeat, a quien un poco más tarde conoceríamos como hombre fuerte de la escena microhouse canadiense junto con Akufen y Tomas Jirku, se publicó en el año 2001, retomando la parte plácida, cristalina, serena de las piezas ambientales –sin bombo, pero con toda la tensión del bombo ausente– de Monolake. Y también por esas fechas estaba la primera encarnación de Deepchord, aún sin Stephen Hitchell, pero definitivamente sí con Rod Modell, recuperando desde el otro extremo del eje –o sea, Detroit– la retórica, los métodos y la densidad analógica anegada en líquidos sólidos como el mercurio de Basic Channel. Y se les dijo de todo, se les tachó de copiones, sin reparar en que Deepchord, especialmente el ya clásico Grandbend, brotaba lozano de la semilla del Starlight de Model 500, como a su vez lo hicieron Basic Channel –recordemos, para que conste en acta, que Moritz Von Oswald había participado, a principios de los noventa, en 3MB, aquel proyecto en el que colaboraba con titanes de Detroit para el sello Tresor–. Había una legitimación para Deepchord, por tanto –legitimación que nadie tenía por qué conceder; ellos no guardan rencor y eso les honra–, y su música volvió a manar acuática, pausadísima, profunda y con el corazón techno poniendo a circular sangre jamaicana con ese punto más autoconsciente, más progresivo, que luego llegó a sus alias –Echospace, cv313, Variant, Intrusion–, y a sus seguidores en todo el globo –Bvdub, Marko Fürstenberg, Luke Hess, Atheus, Mikkel Metal, Pendle Coven, toda la gente del sello Ornaments–, y que ha vuelto a reactualizar un sonido que no debió morir, que nunca murió de hecho (porque nadie puede destruir la alianza entre Berlín y Detroit), pero que no merecía quedar en el olvido y que, lo digo con cierta prudencia, parece volver a estar agotado. Porque del techno-dub, una vez más, se ha vuelto a exprimir la fórmula hasta sacarle todo el jugo y reducirla a un patrón que hasta el último mono copia sin saber qué enfoque nuevo aportarle. Podría ser que, por segunda vez, el techno-dub muriera.

Han sido casi veinte años de subidas y bajadas, y aunque el género vuelva a titilar con luz débil, la llama por lo menos seguirá encendida y resguardada porque, a diferencia de lo que creíamos en aquel año 2000, hay guardianes del fuego, vestales y sacerdotes que conservan el secreto del acero. Y ahora es cuando llegamos a lo realmente importante de este texto, al aspecto noticiable. El 1 de marzo se publica Radio Rothko (The Agriculture, 2010), un CD-mix en el que Deadbeat –o sea, Scott Monteith– condensa en 19 temas el pasado y el presente de un techno-dub que sigue sonando como en su primer día, igual de intenso e hipnótico si se sabe producir bien y mezclar como dios manda, entrelazando atmósfera y superponiendo pulsaciones de modo que se incremente el ruido como la curvatura de esa ola gigante que buscan los surfistas. Radio Rothko amalgama piezas clásicas de Basic Channel y Quantec, de Deepchord y Monolake, de MLZ y Vainqueur, y sólo le faltaría tener algo de Porter Ricks para ser un megamix emocionalmente completo. Pero de Porter Ricks no hay manera de obtener los derechos de licencia de su mítico Port of call – es por eso por lo que Deadbeat ha decidido crear un tema nuevo, un homenaje, con el título de Port of fix –, y habrá que cascarla. Pecata minuta, en cualquier caso: el mix, a buen volumen, con los cascos, y en el sofá, con la pierna colgando y los brazos hacia atrás, suspende a quien lo oye en un limbo como los de antes, como ese chute de heroína o esa conciencia nublada y de duración imposible de mesurar que acontece durante el orgasmo. La incógnita que mantiene abierto el mix de Deadbeat es si, tras toda esta historia y una segunda muerte en ciernes, le queda futuro al techno-dub. Pero si atendemos a que se cuela un tema de 2562 (Redux) y que de aquí podrían partir los Ramadanman, Appleblim o Martyn que dibujan una tercera generación a partir del dubstep, entonces que nadie se alborote, mucho relax y no pasa nada. Uno tiene miedo –lo confieso– de que se muera el techno-dub, para qué negarlo, porque inmortal en este mundo sólo hay una cosa y se llama Manuel Fraga. Pero hay buenas manos que lo miman y lo protegen. Mientras esas manos maternales estén ahí, que nadie lo dude: tendremos género por los siglos.

Fuente : Clubbing Spain

De mi entera recomendacion este Ep realizado por unos de los exponentes mas grandes en la historia de este genero!

Label: Maurizio
Cat.#: M-CD
Format: CD, Compilation, Tin Case
Style: Dub Techno, Minimal
Released: 1997
Quality: 192 kbps
Tracks: 9
Size: ~ 98.8 Mb
Uploaded: iFolder, Rapidshare, Narod

Tracklist:
01 – M6 (Edit)
02 – M7 (Edit)
03 – M4 (Original 12” mix)
04 – M5 (Edit)
05 – Domina (Edit)
06 – M4 (Edit)
07 – M7 (Unreleased mix)
08 – M4.5 (Edit)
09 – M6 (Edit)

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