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Vuelve el viejo disco de vinilo El acetato retoma fuerza y parece ser un arma más fiel y poderosa que el láser. No se trata de una guerra de materiales, sino una pelea que desde hace 30 años, aproximadamente, surge entre los fanáticos del disco de vinilo y los tecnófilos amantes del compact disc.

Hace exactamente 44 años la firma alemana Deutsche Grammophon presentó el primer disco de larga duración (Long Play). Fue en la Feria alemana de la Música, en la ciudad de Dusseldorf. El LP (o elepé, como se castellanizó) era un disco de acetato que giraba a 45 revoluciones por minuto. Hasta ese entonces, los reproductores de música sólo podían girar a 33 rpm, lo que denostaba la calidad acústica.

En el primer año de su existencia, cerca de 1947, el vinilo vendió millones de copias. Fue el rey en todas las pistas del baile desde pop, rock, baladas, música clásica, jazz  y hasta la música electrónica;  pero cuyo mandato comenzó a decaer con la llegada del CD o compacto.

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Hubo un tiempo en el que el techno-dub era lo mejor que te podía pasar en la vida: el de los discos de Chain Reaction en caja de metal que, con el tiempo, ha ido oxidándose y dejando por la estantería un feo hollín como herida de guerra; el de las noches tirado en el sillón de la leonera de post-adolescente, con los cascos apretando las orejas y Maurizio retumbando en un éxtasis líquido de ecos infinitos y bombos amortiguados, como si alguien los hubiera sumergido en aguas profundas de alguno de los dos océanos polares; el de las sesiones de Ángel Molina –ya fuera para radio o para club, como aquel Electric Café en el CCCB de Barcelona– en las que sólo pinchaba material de Basic Channel y similares –por similares se entiende algún Studio 1 de Mike Ink– y salía uno levitando, como si alguien te hubiera apretado el brazo con una goma para inyectarte caballo en la vena. Toda la escuela del dub mezclado con techno a la alemana, un linaje que arranca con Moritz Von Oswald y Mark Ernestus y que concluye en su primera etapa con la defunción del sello Chain Reaction –una década larga: de 1992, año del primer maxi de Maurizio, hasta 2003, edición del testimonial Morpheus de Hallucinator– ha pasado a la historia de la música electrónica con la vitola de edad dorada, no sólo porque nació un género absorbente y atemporal, sino porque dejó para el recuerdo una colección de obras mayores que aun todavía no se citan sin, previamente, ponerse en pie, con el sombrero en la mano y la mano en el pecho. Un respeto.

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